Al publicar esta serie de artículos a propósito de la historia de la concepción sobre la “decadencia del capitalismo” (de la que el lector encontrará las dos primeras partes en los boletines nº 19 y 20) en el movimiento obrero, nuestra preocupación es la de resituar los términos reales en los cuales esta cuestión se ha planteado y defendido, dentro del movimiento obrero por todas sus corrientes en particular de izquierda, en el seno de la Tercera Internacional. Si bien esta noción de declive del capitalismo ligado al cambio histórico, cambio reconocido por todos al inicio del siglo XX, es comprendida de manera diferente, en ocasiones incluso rechazada, no deja de pertenecer al patrimonio legado por la Internacional Comunista –la historia lo muestra ampliamente y el texto que sigue lo recuerda- y cuyos herederos son las diferentes corrientes de la Izquierda comunista. Para poder actualmente rechazar seriamente la noción de declive del capitalismo, no puede uno contentarse con negar su existencia, y menos su reconocimiento pasado por los revolucionarios. Hay que ser capaces de volver sobre la cuestión y explicar por qué y cómo esta posición constituyo un basamento de la Internacional y por qué todas las izquierdas comunistas se han apoyado en ésta en su combate de fracción contra el oportunismo. Hay que poder explicar cómo la Internacional y las izquierdas la entendían o qué se equivocaron.
En la entrega anterior de esta serie vimos cómo, ante el cataclismo de la guerra mundial, cristalizó en la Internacional Comunista la noción de un cambio histórico en el desarrollo del capitalismo, de una fase progresiva a otra de decadencia, en la que a partir de entonces se presenta para la humanidad la alternativa histórica de guerra o revolución; barbarie o comunismo:
... El capitalismo, después de haber realizado su misión de desarrollar las fuerzas productivas, cayó en la contradicción más irreductible con las necesidades no solamente de la evolución histórica actual sino también con las condiciones más elementales de existencia humana. Esta contradicción fundamental se reflejó particularmente en la última guerra imperialista y fue agravada por esa guerra que conmovió, del modo más profundo, el régimen de la producción y de la circulación... El cuadro general de la ruina de la economía capitalista no es atenuado en absoluto por las fluctuaciones inevitables propias del sistema capitalista, tanto en su decadencia como en su ascenso... Sólo la toma del poder por el proletariado y la revolución mundial socialista podrán salvar a la humanidad de esta catástrofe permanente provocada por la persistencia del capitalismo moderno. Actualmente, el capitalismo está viviendo su agonía. Su destrucción es inevitable. (4º Congreso de la IC).
La derrota y reflujo de la revolución mundial, el aislamiento y degeneración de la revolución en Rusia, abrirían un proceso de oportunismo y degeneración de la IC y de los partidos comunistas que la formaban. Este proceso tuvo como consecuencia que, el principio que animó al IC, la toma del poder por el proletariado a escala internacional, fuera sustituido por el de la defensa del Estado ruso y la supuesta “construcción del socialismo en un sólo país”, en realidad la construcción de un capitalismo de Estado. En este marco, la noción de decadencia fue sustituida por la de “estabilización del capitalismo”, y la de alternativa histórica de guerra o revolución, se trocó en alianza y colaboración con otros Estados capitalistas. Sin embargo, en el propio seno de la Internacional Comunista surgiría una oposición y resistencia ante el proceso de degeneración de ésta, la fracciones de izquierda comunista; resistencia que atravesaría prácticamente a todos los partidos de la IC, y que buscaría mantener y profundizar los principios revolucionarios originalmente enarbolados por la Internacional.
En realidad, ante las dificultades de la extensión de la revolución, en particular en el país clave que era Alemania, en la IC se formaron muy pronto -antes incluso de que ésta entrara en un proceso abierto de degeneración- dos tendencias en cuanto a los principios de la táctica a seguir. Por un lado, una tendencia oportunista, encabezada por el Ejecutivo de la IC, que buscaba ante todo “ganar tiempo”, proteger y estabilizar el Estado soviético ruso, para lo cual empezó a recurrir a compromisos diplomáticos, políticos y comerciales, con diferentes burguesías nacionales, a preconizar la creación de un frente común con los partidos socialdemócratas u “obreros” (como el Partido Laborista de Inglaterra), que no solamente habían traicionado al proletariado al principio de la guerra mundial, sino que se habían convertido en la punta de lanza de la contrarrevolución, e incluso a intentar alianzas con fracciones supuestamente “progresistas” del capital como en Turquía que aplastaban abiertamente a los obreros revolucionarios; esta tendencia tomaba prestado del ya gastado arsenal de los partidos socialdemócratas sus posiciones tácticas. Es en lucha contra ese oportunismo que surgió, como contraparte, una tendencia revolucionaria de izquierda, que buscaba mantener y profundizar la táctica que se desprendía de la situación revolucionaria mundial; esta tendencia cristalizaría en las fracciones de izquierda, las que, una tras otra serían expulsadas de la Tercera Internacional. En 1920, Pannekoek expresa de la forma más clara la existencia de estas dos tendencias (véase recuadro al final de este texto).
El primer caso de la lucha entre estas dos tendencias, ocurrió en Alemania, donde se jugaba el destino de la revolución mundial. Allí, la izquierda del Partido Comunista, que constituía la mayoría, fue expulsada mediante una maniobra de los oportunistas, en el congreso de 1919, por su oposición a una unificación con los socialdemócratas del USPD. Es esta izquierda la que formaría a continuación el KAPD (Partido comunista obrero de Alemania). Al igual que las otras corrientes de la izquierda comunista, el KAPD tenía como punto de partida los principios de origen de la Tercera Internacional; es así como en su programa señalaba el crepúsculo del capitalismo, y reconocía la alternativa histórica:
La crisis económica mundial, nacida de la guerra mundial, con sus monstruosos efectos sociales y económicos que da la terrible impresión de un campo de ruinas de colosales dimensiones, solamente puede significar una cosa: el Crepúsculo de los Dioses del orden mundial burgués-capitalista está próximo. Hoy, no se trata de las crisis económicas periódicas que fueron una vez parte del modo capitalista de producción; se trata de la crisis del capitalismo mismo; somos testigos de los espasmos convulsivos de la totalidad del organismo social, de formidables estallidos de antagonismos de clase de una amplitud sin precedentes, de la miseria general entre amplias capas de la población: todo esto constituye una advertencia fatídica para la sociedad burguesa. Cada vez se muestra más claramente que el antagonismo siempre creciente entre explotadores y explotados, que la contradicción entre el capital y el trabajo, cuya conciencia se extiende cada vez más incluso entre las capas más apáticas del proletariado, no pueden resolverse. El capitalismo experimenta su quiebra definitiva, se ha hundido en el abismo de una guerra de rapiña imperialista; ha creado un caos cuya insoportable prolongación coloca al proletariado ante la alternativa histórica: recaída en la barbarie o construcción de un mundo socialista. (Programa del Partido Comunista Obrero de Alemania –KAPD- mayo 1920).
El KAPD tendería con todas sus fuerzas a integrarse a la Internacional, a apoyar la revolución rusa y la extensión de la revolución mundial, y se desharía de las corrientes antipartido y nacional-bolchevique con las que había nacido que empañaban sus posturas revolucionarias y servían de pretexto para no admitirlo como miembro con plenos derechos en la Internacional; a pesar de todo lo cual terminaría tempranamente expulsado de la IC, en 1921.
Por otra parte, es cierto que, a pesar de que hubo algunos contactos y diferentes intentos de reagrupamiento, no llegó a existir en la Internacional una unificación, ni organizativa, ni programática, de las diferentes corrientes y fracciones opuestas al oportunismo y degeneración de aquélla. La causa fue que el Ejecutivo de la IC, junto con los oportunistas dentro de cada partido, maniobraban constantemente para someter o eliminar políticamente, una por una, a la corrientes de oposición, catalogadas despectiva y sumariamente como “infantilismo de izquierda” o “anarquizantes”; junto a esto, las dificultades en las comunicaciones y transportes y la censura debidas a la militarización de posguerra, en un periodo revolucionario, de vertiginosa evolución de las corrientes políticas, volvían sumamente difícil la difusión y reconocimiento de las posturas y el contacto entre la izquierda.
La evolución posterior, a partir de la segunda mitad de los años 1920, en el periodo de contrarrevolución, de las posiciones de las diferentes corrientes de izquierda comunista abriría amplias divergencias entre éstas y llegarían hasta ya no reconocerse como parte de un mismo campo político. Las consecuencias de esta dispersión organizativa y programática de la izquierda comunista se sufren hasta la fecha. Los actuales grupos del campo político proletario no solamente apenas se reconocen como parte de una misma corriente política histórica, sino que incluso rechazan su origen común. Por ejemplo, los grupos provenientes de la diáspora del Partido Comunista Internacional formado en los años 40, los llamados grupos bordiguistas, tienden a rechazar la validez de las posiciones del KAPD de los años 20, basándose en la evolución posterior de las agrupaciones provenientes de éste (hacia la negación de la revolución rusa como proletaria y el rechazo a toda forma de partido), y endosándole ¡el mismo tipo de críticas que le hacían los oportunistas de la IC!
Es posible, sin embargo, volver a trazar los principios de táctica comunes que caracterizaban a las fracciones de izquierda de la IC en su lucha contra el oportunismo, y que conservan su validez hasta nuestros días.
La comprensión de la unidad del movimiento de la clase obrera a nivel internacional, de que el sostenimiento de la revolución en Rusia dependía fundamentalmente de la extensión de la revolución hacia Europa, especialmente hacia Alemania, conllevaba la necesidad de que las masas proletarias, que despertaban a la lucha revolucionaria, tomaran conciencia del gigantesco reto que enfrentaban, echando por la borda todos los prejuicios ideológicos inculcados durante décadas de desarrollo “pacífico”. Así, la propaganda por la toma del poder político incluía el esfuerzo para que el proletariado rompiera con todo tipo de ilusiones acerca de que, una vez terminada la guerra, se podría volver a la anterior situación de coexistencia “pacífica” con la burguesía; para que rompiera especialmente con todos los prejuicios acerca de las bondades de la “democracia” burguesa y la “defensa de la nación”.
El comunismo representa la demolición crítica de las concepciones del liberalismo y de la democracia burguesa. (…) ideologías correspondientes al régimen de la economía privada y de la libre concurrencia, y a los intereses de clase de los capitalistas. (…)
Otra afirmación fundamental de la democracia burguesa es el principio de nacionalidad. Corresponde a las necesidades de clase de la burguesía, en la constitución de su propio poder, la formación de estados basados en la nación, con el fin de utilizar las ideologías nacionales y patrióticas, (…) para retrasar y atenuar el choque entre el estado capitalista y las masas proletarias. Los irredentismos nacionales nacen por tanto de intereses esencialmente burgueses. (…) A la luz de la crítica comunista la reciente guerra mundial ha sido originada por el imperialismo capitalista, derrumbándose las diferentes interpretaciones que tienden a formularla, desde el punto de vista de uno u otro estado burgués, como una reivindicación del derecho de nacionalidad de algunos pueblos, como un conflicto de los estados democráticamente más avanzados contra los otros estados organizados de forma pre-burguesa, o en suma, como una pretendida necesidad defensiva contra la agresión enemiga.
(Tesis de la fracción comunista abstencionista del Partido Socialista Italiano – 1920 . Cap. II, tesis 3 y 5).
Las fuerzas concretas que, desde nuestro punto de vista, conforman la hegemonía de las concepciones burguesas, pueden ser vistas en acción en el caso de Alemania: la veneración hacia las consignas abstractas como ‘democracia’; la fuerza de los viejos hábitos de pensamiento y de puntos programáticos, tales como la realización del socialismo gracias a los jefes parlamentarios y un gobierno socialista; la falta de confianza del proletariado en sí mismo...
La contradicción entre el rápido colapso económico del capitalismo y la inmadurez del espíritu representada por el poder de la tradición burguesa sobre el proletariado –una contradicción que no se ha creado accidentalmente, ya que el proletariado no puede lograr la madurez de espíritu requerido para su hegemonía y libertad dentro de un capitalismo floreciente- solamente puede resolverse mediante el proceso del desarrollo revolucionario
(Revolución Mundial y Táctica Comunista - Anton Pannekoek . – 1920. Cap III).
El abstencionismo parlamentario
El cambio de fase del capitalismo, la entrada en la era revolucionaria, significaba especialmente abandonar la vieja táctica ampliamente extendida en el periodo anterior, de la participación en elecciones y parlamentos de los gobiernos burgueses, pues ahora tal participación significaba una contradicción flagrante con los nuevos objetivos y medios de lucha. Así, el combate al parlamentarismo fue uno de los rasgos más distintivo y generalizado entre las corrientes de izquierda comunista a nivel internacional, sintetizaba la defensa de los principios revolucionarios:
La izquierda italiana era tajante en cuanto a la enunciación de este principio táctico:
Consideramos que hemos entrado en el período histórico revolucionario en el que el proletariado consigue el abatimiento del poder burgués. (…) los comunistas deben unir todos sus esfuerzos para alcanzar el mismo fin. (…) Los partidos comunistas deben, pues, consagrarse a la preparación revolucionaria, entrenando al proletariado no sólo para conquistar sino también para el ejercicio de la dictadura política y preocupándose para nuclear en el seno de la clase trabajadora los organismos aptos para la dirección de la sociedad. (…)
Si al mismo tiempo se quisiese adoptar la acción electoral tendente a enviar a los órganos electivos del sistema burgués representantes del proletariado y del partido, basados en la democracia representativa que es la antítesis histórica y política de la dictadura proletaria, se destruiría toda la eficacia de la preparación revolucionaria.
(…) La incompatibilidad de las dos formas de actividad no es una incompatibilidad momentánea, como para considerar admisible la sucesión de ambas formas de acción. (…) es necesario sin tardanza arrojar entre los hierros viejos el método electoral y sin más vuelta atrás concentrar todas nuestras fuerzas en la realización de los supremos objetivos máximos del socialismo.
(“Preparación revolucionaria o preparación electoral” «Il Soviet», n. 30, 20-7-1919).
En las tesis de 1920 del Partido Socialista Italiano, el análisis del cambio de orientación respecto al parlamentarismo en función del cambio de época es también nítido:
La participación en las elecciones a los órganos representativos de la democracia burguesa y la actividad parlamentaria, aun presentando en cualquier tiempo un continuo peligro de desviación, podían ser utilizados para la propaganda y la formación del movimiento en el periodo en el que, no delineándose todavía la posibilidad de abatir el poder burgués, la tarea del partido se limitaba a la crítica y a la oposición. En el actual periodo abierto con el final de la guerra mundial, con las primeras revoluciones comunistas, y con el surgimiento de la Tercera Internacional, los comunistas colocan como objetivo directo de la acción política del proletariado de todos los países la conquista revolucionaria del poder, a la cual todas las fuerzas y toda la obra de preparación deben ser dedicadas. En este periodo es inadmisible toda participación en los organismos que se muestran como un potente medio defensivo burgués destinado a actuar dentro de las filas mismas del proletariado, y en antítesis con la estructura y la función de los que los comunistas sostienen tales como el sistema de los consejos obreros y la dictadura proletaria.
(Tesis de la fracción comunista abstencionista del Partido Socialista Italiano – 1920 . Tesis III-7).
La izquierda alemana desarrollaba, por su parte, prácticamente el mismo análisis. El paciente lector excusará la amplitud de estas citas. Nos parece importante subrayar la similitud de los análisis en los primeros años 1920: reconocimiento del cambio de época del capitalismo; reconocimiento de que el parlamentarismo podía ser utilizado en la época ascendente cuando todavía “no era posible abatir el orden burgués”; y finalmente, de que en la época de la revolución el parlamentarismo estaba en contradicción, era un obstáculo, para la conciencia, la organización y la lucha del proletariado:1
La actividad parlamentaria y el movimiento sindical fueron dos de las principales formas de lucha en el periodo de la Segunda Internacional (...) Actualmente, cada comunista sabe porqué estos métodos de lucha fueron necesarios y productivos en ese tiempo: cuando la clase obrera se desarrolla dentro del capitalismo ascendente, no es todavía capaz de crear órganos que le permitan controlar y ordenar la sociedad, ni siquiera puede aún concebir la necesidad de hacerlo. Primero debe orientarse mentalmente y aprender a entender al capitalismo y su clase dominante (...)
Las cosas cambian cuando la lucha del proletariado entra en una fase revolucionaria. (...) el problema táctico es cómo vamos a erradicar la tradicional mentalidad burguesa que paraliza la fuerza de las masas proletarias; todo lo que brinda nueva fuerza a las concepciones recibidas es nocivo. El elemento más tenaz y difícil de superar es la dependencia hacia los jefes, a quienes las masas dejan determinar las cuestiones generales y manejar sus asuntos de clase. El parlamentarismo inevitablemente tiende a inhibir la actividad autónoma de las masas que es necesaria para la revolución ...
(Revolución Mundial y Táctica Comunista - Anton Pannekoek . Cap IV).
En un Estado que arrastra todos los síntomas del periodo de la decadencia del capitalismo, la participación en el parlamentarismo es también parte de estos métodos reformistas y oportunistas. En un periodo tal, exhortar al proletariado a participar en elecciones parlamentarias solamente puede nutrir la peligros ilusión de que la crisis puede ser superada por medios parlamentarios. Significa volver a utilizar un medio utilizado en el pasado por la burguesía en su lucha de clase, mientras que estamos en una situación donde solamente los métodos de lucha de la clase proletaria, aplicado de manera resuelta y sin ambages, pueden tener un efecto decisivo. La participación en el parlamentarismo burgués en lo más reñido de la revolución proletaria sólo puede significar el sabotaje a la idea de los consejos.
(Programa del Partido Comunista Obrero de Alemania –KAPD- Mayo 1920).
El nuevo papel de los sindicatos
Desde finales del siglo XIX la lucha contra el oportunismo había tomado también la forma de una lucha contra las burocracias sindicales que, en aras de defender sus privilegios, frenaban en diferentes países las luchas espontáneas de la clase obrera, la tendencia a la huelga general, a la huelga de masas, fuera de todo control sindical. Con la primera guerra mundial, en varios países los sindicatos se alinearon con los partidos socialdemócratas tras las banderas nacionales de la burguesía; esto marcó históricamente un cambio en la naturaleza de estos organismos, los cuales dejaron de ser instrumentos de la clase obrera para su lucha económica, para convertirse en parte del engranaje de los Estados capitalistas para el control de los propios trabajadores.
Este cambio de naturaleza de los sindicatos fue más evidente, tajante y decisivo en Alemania. En los debates alrededor de la fundación del Partido Comunista Alemán (KPD) la mayoría (que posteriormente sería expulsada) estaba a favor de la consigna de llamar a los obreros a organizarse fuera de los sindicatos. Esta consigna obedecía a una situación creada durante el periodo revolucionario en Alemania, en la que los obreros abandonaban espontánea y masivamente los sindicatos para formar otro tipo de organizaciones. El programa del KAPD sintetiza este proceso, remarcando la imposibilidad objetiva de “volver a conquistar” para la clase obrera estos organismos:
Al lado del parlamentarismo burgués, los sindicatos forman la principal muralla contra el ulterior desarrollo de la revolución proletaria en Alemania. Su actitud durante la guerra mundial es bien conocida. Su influencia decisiva en la principal orientación y táctica del viejo Partido Socialdemócrata condujo a la proclamación de la “unión sagrada” con la burguesía alemana, lo que fue equivalente a una declaración de guerra contra el proletariado internacional. Su eficacia como socialtraidores encontró su continuación lógica durante el estallido de la revolución de noviembre 1918 en Alemania. Aquí, ellos mostraron sus intenciones contrarrevolucionarias, al cooperar con los industriales alemanes en plena crisis para constituir una “comunidad de trabajo” (Arbeitsgemeinschaft) por la paz social. Y han mantenido su actitud contrarrevolucionaria hasta la fecha, durante todo el periodo de la revolución alemana. Es la burocracia sindical la que se ha opuesto de la manera más violenta a la idea de los consejos, la que se enraíza de manera cada vez más profunda en la clase obrera alemana; son los sindicatos los que han encontrado los medios para paralizar exitosamente todos los esfuerzos por el poder político proletario, que lógicamente resultaban de las acciones de masas sobre el terreno económico. El carácter contrarrevolucionario de las organizaciones sindicales es tan notorio que muchos patronos en Alemania solamente contratan a obreros que pertenecen a algún grupo sindical. Esto revela a todo el mundo que la burocracia sindical tomará una parte activa en el mantenimiento de un sistema capitalista que se agrieta por todas partes. Los sindicatos son, así pues, junto con los fundamentos burgueses, uno de los principales pilares del Estado capitalista. La historia sindical de estos últimos 18 meses ha demostrado ampliamente que esta formación contrarrevolucionaria no puede ser transformada desde dentro. La revolucionarización de los sindicatos no es una cuestión de individuos: el carácter contrarrevolucionario de estas organizaciones se localiza en su estructura y en su específico medio de operación. De aquí se desprende que solamente la destrucción de los sindicatos puede limpiar el camino de la revolución social en Alemania. La construcción del socialismo requiere otra cosa que estas organizaciones fosilizadas.
(Programa del Partido Comunista Obrero de Alemania –KAPD- Mayo 1920).
Esta postura del KAPD no se limitó a los comunistas de Alemania, sino que fue reconocida por otras corrientes de izquierda. Sin embargo, es cierto que el proceso de transformación de los sindicatos no fue uniforme, ni tan evidente para todo el movimiento revolucionario de los años 1920, y la posición de que la lucha de los obreros estaba en adelante fuera de los sindicatos, no se generalizó de la misma manera que la postura abstencionista. Aunado a esto, la IC llevó a cabo, como en el caso del parlamentarismo, una política oportunista que, con el pretexto de “agrupar a las masas” creó una gran confusión política al exigir, primero, que los comunistas participaran en los mismos sindicatos que habían traicionado al proletariado, y enseguida, con la formación de la Internacional Sindical Roja, en la que se admitía todo tipo de organismos que se declararan simpatizantes de la revolución rusa; tanto el sindicalismo revolucionario, que tendía a rechazar la organización de la vanguardia de la clase obrera en partido; como las viejas centrales sindicales que, ante la simpatía de los trabajadores hacia la revolución rusa, y a manera de mantener el control sobre éstos, llevaron a cabo una maniobra de “acercamiento” hacia la ISR.
La diferencia política con los comunistas que ponen su fe en las cantidades más que en la conciencia, se evidencia en otras cuestiones además de la del parlamento. La decisión de la Tercera Internacional de que el Partido Comunista Británico debería afiliarse al Partido Laborista, la decisión de que la Internacional Sindical Roja sea un cuerpo híbrido compuesta de sindicatos de cualquier tipo y composición política o no-política, que quieran unírsele, ya sean los Shop Stewards, las organizaciones del Workshop Commitee, o las organizaciones industriales militantes como la IWW; la decisión de excluir al Partido Comunista Obrero Alemán por haber formado nuevos sindicatos revolucionarios: estas cuestiones muestran el mismo temor vacilante de sacar a algunos, la misma política de mantener pasivas, adormecidas a las masas, que ha dictado la utilización de la acción parlamentaria.
Los dirigentes rusos, que han comprometido ampliamente a la Tercera Internacional en sus decisiones oportunistas, se rehúsan a reconocer el significado de las persistentes tendencias del movimiento de la clase obrera que se manifiestan indiscutiblemente en los países occidentales altamente industrializados.
(Nuestro punto de vista - Sylvia Pankhurst. En: "Workers' Dreadnought (For international communism)" – Vol. VIII. - No. 28 – 1921.)
En Italia, la Izquierda comunista no desarrolló un análisis de la integración de los sindicatos al aparato del Estado, sin embargo estableció claramente dos cuestiones muy importantes para la táctica de la clase obrera en la época de la revolución:
- Primera, que los sindicatos no eran organismos aptos para la lucha revolucionaria, es decir, que no podían sustituir a los organismos indispensables para ésta: el partido comunista, y los consejos obreros.
- Segunda, ante el movimiento de toma de fábricas que se vivía en esos años, la izquierda estableció claramente que el llamado “control obrero” no significaba la eliminación, ni del capitalismo, ni de la explotación, sino que, por el contrario, a final de cuentas constituía una maniobra para la conservación del mismo capitalismo. Que el punto de partida de la revolución tenía que ser necesariamente el derribamiento del Estado burgués y la toma del poder político por parte de la clase obrera.
Las organizaciones económicas profesionales no pueden ser consideradas por los comunistas ni como órganos suficientes para la lucha por la revolución proletaria, ni como órganos fundamentales de la economía comunista.
La organización en sindicatos profesionales sirve para neutralizar la competencia entre los obreros del mismo oficio e impide la caída de los salarios un nivel bajísimo, pero, como no puede lograr la eliminación del beneficio capitalista, igualmente tampoco puede realizar la unión de los trabajadores de todas las profesiones contra el privilegio del poder burgués. (...) Los comunistas consideran al sindicato como el campo de una primera experiencia proletaria, que permite a los trabajadores avanzar en el camino hacia el concepto y la práctica de la lucha política, cuyo órgano es el partido de clase.
(...) Los sindicatos de empresa o consejos de fabrica surgen como organismos para la defensa de los intereses de los proletarios de las diferentes empresas, cuando comienza a parecer posible limitar el arbitrio capitalista en la gestión de aquellas. La adquisición por parte de tales organismos de un más o menos amplio derecho de control sobre la producción no es sin embargo incompatible con el sistema capitalista y por ello podría ser una iniciativa conservadora.
El traspaso mismo de la gestión de las empresas a estos consejos de fabrica no constituiría (análogamente a cuanto se ha dicho para los sindicatos) el advenimiento del sistema comunista. Según la sana concepción comunista, el control obrero sobre la producción únicamente se realizará después del abatimiento del poder burgués, y será el control sobre la marcha de cada empresa por parte de todo el proletariado unificado en el Estado de los consejos (...)
(Tesis de la Fracción comunista abstencionista del PSI –1920.- Tesis 10 y 11).
Partido comunista y consejos
Finalmente, un aspecto crucial, que engloba de hecho toda la lucha de la izquierda comunista, primero contra el oportunismo, y enseguida contra la degeneración de la Internacional Comunista, es la cuestión de la función y funcionamiento del partido comunista y su relación con la clase obrera y los consejos obreros.
En efecto, mientras que los bolcheviques, con Lenin, habían estado al frente de la lucha por la construcción de un partido comunista verdaderamente revolucionario, en oposición al oportunismo de la segunda internacional, y asimismo por la construcción de la Tercera Internacional, ante las dificultades encontradas para la extensión de la revolución, y el aislamiento de la revolución en Rusia, empezaron a retroceder en este terreno, al impulsar la orientación oportunista según la cual los comunistas deberían aliarse e integrarse organizativamente con los socialdemócratas de “izquierda” y otras fuerzas que enrolaban amplias masas, fuerzas que habían traicionado a la clase obrera durante la guerra, o al menos se habían mostrado vacilantes en la defensa de los intereses de clase, pero que ahora supuestamente “simpatizaban” con la revolución y la IC. Esta política, que se reveló desastrosa, al provocar una gran desorientación entre el proletariado, el debilitamiento de las posiciones de la vanguardia comunista, y su sometimiento a las direcciones oportunistas (y enseguida su progresiva expulsión de los partidos comunistas y dispersión) provocó la oposición generalizada de la izquierda comunista en todos los países.
(...) debe ser considerado como un procedimiento completamente anormal el de incorporar al partido otros partidos o desprendimientos de partidos. El grupo que se había distinguido hasta un determinado momento por una posición programática diferente y por una organización independiente, no aporta un conjunto de elementos útilmente asimilables en bloque, sino que viene a alterar la solidez de la posición política y de la estructura interna del viejo partido, de modo que el aumento de efectivos numéricos está lejos de corresponder a un aumento de la fuerza y de la potencialidad del partido, y podría alguna vez paralizar su labor de encuadramiento de las masas en lugar de facilitarlo.
(Tesis sobre la táctica del Partido Comunista de Italia [“Tesis de Roma”] - Amadeo Bordiga 1922 – Tesis II-9).
Si (...) se ha intentado ensamblar un gran partido debilitando sus principios, formando alianzas y haciendo concesiones, entonces esto permite a los elementos confusos ganar influencia en periodos de revolución sin que las masas sean capaces de percibir que es inadecuada.
(Revolución Mundial y Táctica Comunista - Anton Pannekoek. Cap II)
En breve, la política actual de la mayoría en la Tercera Internacional es la de asegurarse numerosos adherentes, esforzándose en combinar políticas mutuamente opuestas (...)
En Moscú, cuando Lenin nos ha urgido fuertemente a unirnos al Partido Unificado decía: “Formen un bloque de izquierda en su interior: trabajen por la política en la cual creen, dentro del partido”. Pero el Partido Comunista Británico no lo entiende así. Se declara por el exterminio de la propaganda del ala izquierda. La mayoría de derecha en los partidos comunistas de otros países han adoptado una línea similar. El Ejecutivo de la Tercera Internacional, luego de habernos rogado que entráramos, ahora aparentemente impulsa la excomunión del ala izquierda. (Nuestro punto de vista - Sylvia Pankhurst).
Recayó entonces en las corrientes de la izquierda comunista la tarea de delinear más claramente la función, estructura y funcionamiento del partido, en la época de la revolución proletaria. Precisamente, el primer aspecto que destacaron fue, que no se podía volver al tipo de partidos de la segunda internacional, partidos adaptados para la participación electoral y la lucha por reformas, que se caracterizaban por agrupar por un lado a las amplias masas, y por otro a todo un aparato de funcionarios y especialistas. Ya que los consejos obreros se habían revelado como los órganos de agrupamiento de las masas obreras para la toma del poder, el partido debería constituirse como un organismo colectivo unitario que agrupara en adelante solamente a la vanguardia consciente, comunista, de la clase obrera, que defendiera intransigente y permanentemente el programa de la revolución.
Esta lucha revolucionaria es el conflicto de toda la clase proletaria contra toda la clase burguesa. Su instrumento es el partido político de clase, el partido comunista, que realiza la organización consciente de la vanguardia del proletariado que ha comprendido la necesidad de unificar la propia acción (…) solo la organización en partido político realiza la constitución del proletariado en clase que lucha por su emancipación.
(Tesis de la fracción comunista abstencionista del Partido Socialista Italiano – 1920 . Tesis I-6).
La integración de todos los impulsos elementales en una acción unitaria se manifiesta a través de dos factores principales: uno de ellos es la conciencia crítica de la cual el partido extrae su programa; el otro es la voluntad expresada en el instrumento con el cual el partido opera, su organización disciplinada y centralizada. Sería erróneo considerar a estos dos factores, de conciencia y de voluntad, como facultades que puedan obtenerse o deban exigirse de cada individuo, ya que sólo se realizan por medio de la integración de la actividad de muchos individuos en un organismo colectivo unitario. (...) (“Tesis de Roma”. Cap V, tesis 2).
En tanto que el partido reagrupa en adelante únicamente a la vanguardia comunista de la clase obrera, y en tanto que es a través de los consejos obreros, “la forma al fin encontrada” de la dictadura del proletariado, que los obreros toman el poder, entonces la función del partido no es ya, ni obtener sucesivamente puestos en el gobierno capitalista (como se pretendía en la época anterior, ya superada), ni tomar el poder “en nombre de la clase obrera”; su función es convertirse en la dirección política del movimiento revolucionario de la clase obrera.
Presentando la máxima continuidad en la defensa del programa (...) el partido despliega también el máximo de trabajo eficaz y útil destinado a ganar al proletariado para la causa de la lucha revolucionaria. No se trata aquí simplemente de producir un efecto de orden didáctico sobre las masas (...) sino de obtener precisamente el máximo rendimiento en el proceso real mediante el cual se efectúa el desplazamiento de la acción de un número cada vez mayor de trabajadores del terreno de los intereses parciales e inmediatos al terreno orgánico y unitario de la lucha por la revolución comunista, por medio del trabajo sistemático de propaganda, de proselitismo y, sobre todo, de activa participación en las luchas sociales. Sólo cuando existe una continuidad semejante es posible no solamente vencer las vacilantes desconfianzas del proletariado hacia el partido, sino también encauzar y encuadrar rápida y eficazmente las nuevas energías adquiridas tanto en el terreno del pensamiento como de la acción comunes, creando esa unidad de movimiento que es una condición indispensable de la revolución.(“Tesis de Roma” – Tesis 8).
En el periodo revolucionario todos los esfuerzos de los comunistas se dedican a hacer eficaz e intensa la acción de las masas. Los comunistas completan la propaganda y la preparación con grandes y frecuentes manifestaciones proletarias, especialmente en las grandes ciudades, y tratan de utilizar los movimientos económicos para organizar manifestaciones de carácter político en las que el proletariado reafirma y robustece su propósito de derribar el poder de la burguesía. (...) El partido comunista se prepara y procede como un estado mayor del proletariado en la guerra revolucionaria (...) (Tesis de la fracción abstencionista... Cap III – Tesis 9 y 11).
La función de un partido revolucionario se basa en propagar de antemano una clara comprensión, de manera que entre las masas existan elementos que sepan lo que hay que hacer y que sean capaces de juzgar la situación por ellos mismos. Y en el curso de la revolución el partido tiene que enarbolar el programa, consignas y directrices que las masas, actuando espontáneamente, reconozcan como correctas porque encuentra que aquéllas expresan sus propios objetivos en la forma más adecuada y con ello logran una mayor claridad de propósito; es así que el partido dirige la lucha. En tanto que las masas permanecen inactivas, esta puede parecer una táctica sin resultados; pero la claridad de principios tiene un efecto implícito sobre muchos que al principio se mantiene al margen, y durante la revolución revela su poder activo al dar una dirección definida a la lucha. (...) Una revolución implica, simultáneamente, un profundo trastorno en el pensamiento de las masas; crea las condiciones para éste, y a la vez está condicionada por él; la dirección de la revolución corresponde así al Partido Comunista, por virtud del poder de transformar al mundo de sus inequívocos principios.
(Revolución Mundial y Táctica Comunista - Anton Pannekoek. Cap II).(2)
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Al esbozar los diferentes aspectos de la lucha de la izquierda comunista surgida a partir de 1919, podemos ver que su punto de partida fue la comprensión y defensa de la noción de que el capitalismo había entrado en una fase en la que en la que se abría, en adelante, como única alternativa ante la guerra y barbarie capitalistas, la revolución mundial del proletariado. Esto no significa que una vez comprendida la entrada del capitalismo en esta nueva época, las corrientes de izquierda desprendieran de manera mecánica, dogmática, idealista, los nuevos principios de lucha. Por el contrario, fue al calor de la lucha, ante las necesidades concretas del movimiento, de acuerdo al análisis marxista de la evolución de las condiciones históricas, del movimiento real de la clase obrera en especial, que la izquierda comunista elaboraba una nueva táctica, la cual no solamente superaba las insuficiencias o desviaciones de la de la Segunda Internacional, correspondientes a una situación completamente diferente, cuando el capitalismo aún evolucionaba ascendentemente, y la revolución era aún imposible, sino que era puesta a prueba en la práctica, en la lucha contra el oportunismo y posterior degeneración de la Tercera Internacional.
Para los revolucionarios de las primeras décadas del siglo XX, el cambio de época, el crepúsculo del capitalismo, se presentaba no en forma abstracta, como objeto de discusión teórica, ni la revolución mundial como una posibilidad lejana, sino como la única salida a la barbarie capitalista, como realidades concretas, que exigían la resolución de una serie de problemas del movimiento real de la clase obrera, una táctica de lucha determinada. Es por ello que, a casi cien años de distancia, los principios y lecciones que nos legaron, conservan su fuerza y validez.
La fracción, diciembre 2003.
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El ritmo lento del desarrollo revolucionario en Europa occidental, si bien solamente relativo, ha provocado un choque de corrientes tácticas que se contraponen. (...) De allí emergen dos principales tendencias, las que pueden reconocerse en cada país, por encima de las variaciones locales. Una corriente busca revolucionar y clarificar la mente de la gente mediante la palabra y la acción, y con este fin trata de plantear los nuevos principios en contraste lo más tajante posible con las viejas concepciones recibidas. La otra corriente intenta mantener a las masas al margen de la actividad práctica, y por tanto enfatiza puntos de acuerdo en lugar de puntos de diferencia, en un intento por evitar hasta donde sea posible cualquier cosa que pudiera impedirlos. La primera se esfuerza por una clara, tajante separación entre las masas, la segunda por la unidad; la primera corriente puede ser llamada como tendencia radical, la segunda como oportunista. Dada la actual situación en Europa occidental, con la revolución encontrando poderosos obstáculos por un lado, y la valiente resistencia de la Unión Soviética ante los esfuerzos de la alianza de los gobiernos para echarla abajo, que provoca una poderosa impresión sobre las masas de otra, podemos esperar una mayor afluencia hacia la Tercera Internacional de agrupaciones obreras hasta ahora indecisas; como resultado, el oportunismo se volverá indudablemente una poderosa fuerza en la Internacional Comunista. La esencia del oportunismo “...consiste en considerar siempre las cuestiones inmediatas, no lo que viene en el futuro, y en quedarse fijo sobre los aspectos superficiales de los fenómenos en lugar de ver las bases profundas determinantes. Cuando las fuerzas no son inmediatamente adecuadas para alcanzar cierto objetivo, tiende a buscar ese objetivo por otros medios, en lugar de fortalecer esas fuerzas. Como su objetivo es el éxito inmediato, sacrifica las condiciones para el éxito duradero del futuro. Busca justificación en el hecho de que, al formar alianzas con otros grupos “progresistas” y al hacer concesiones a concepciones ya superadas, con frecuencia es posible ganar poder, o al menos dividir al enemigo, a la coalición de las clases capitalistas, y así crear condiciones más favorables para la lucha. Pero el poder en tales casos siempre resulta ser una ilusión (...) solamente lo que las masas ganan en términos de claridad, perspicacia, solidaridad y autonomía tiene valor duradero como fundamento de un desarrollo ulterior hacia el comunismo. (Revolución mundial y táctica comunista - Anton Pannekoek). |
NOTAS:
1 Es cierto que, con la contrarrevolución, la evolución posterior de las corrientes de izquierda comunista derivó en análisis muy diferentes: Por el lado del consejismo, proveniente de la izquierda alemana, se llegó al rechazo en general de la necesidad de un partido como vanguardia del proletariado, es decir, al rechazo de una dirección política, a partir del rechazo a los “jefes”. Mientras que, por el lado de la izquierda italiana, algunos grupos actuales han dado lugar a la leyenda de que el “abstencionismo” del PSI de los años 20 era solamente algo “secundario”, “táctico”, y no tenía ninguna relación con el de otras corrientes de izquierda de esos años, abriendo la puerta a la “posibilidad” de participar nuevamente en elecciones. Esta situación tiene su origen en la orientación de la IC, a todos los partidos adherentes, para que participaran nuevamente en el parlamentarismo. Pero Bordiga, aún aceptando la disciplina de la IC, no abandonó su punto de vista, y reconocía que se trataba de una tendencia general: “No quiero decir que el problema de la táctica electoral haya sido resuelto definitivamente en el seno de la IC por las decisiones de su segundo Congreso. Creo incluso que nosotros, los abstencionistas hemos aumentado en muchos partidos comunistas occidentales. Y no está excluido que la cuestión vuelva de nuevo al orden del día del próximo 3er Congreso. Si se produjese esto, defendería de nuevo las tesis que presenté en el Congreso del año último (…) Pero en tanto que están en vigor las tesis opuestas de Bujarin y Lenin, para la participación en las elecciones y en los parlamentos (…) es necesario participar sin discutir y procurar atenerse a estas reglas tácticas. El resultado de esta acción suministrará nuevos elementos para juzgar si nosotros los abstencionistas, estábamos equivocados o teníamos razón”. (“Elecciones” - «Il Soviet», n.7, 17-4-1921 - http://www.sinistra.net/lib/pre/ilcom/riee/rieeegazus.html ) Como Gorter, Bordiga no tenía más remedio que dejar que la experiencia histórica de la clase obrera desmintiera la táctica –oportunista- de los principales dirigentes de la IC.
2 Es cierto que ya en los años 1920 la corriente representada por Otto Ruhle planteaba que el problema de fondo no era la política oportunista, sino de manera general la existencia de “jefes” entre el proletariado, e incluso de un “partido” diferente a las organizaciones de masa del proletariado revolucionario. Esto, y el posterior desarrollo de la corriente comunista de consejos, lleva en ocasiones a clasificar a la izquierda alemana sumariamente como “antipartido”. Pero esto es falso. El KAPD de los primeros años 1920 era concebido como un partido disciplinado, que agrupaba a la vanguardia comunista, que buscaba adherir a la IC, y que se daba como tarea la dirección política de la clase obrera, a mismo título que otros partidos comunistas. Algunas expresiones –que ciertamente podían ser ambiguas- que le caracterizaban, en el sentido de no ser un partido “en el sentido tradicional”, o de no ser un partido de “jefes” tienen que entenderse en el contexto de la lucha por deslindarse de los viejos partidos y “jefes” de la segunda internacional que habían traicionado al proletariado. Por lo demás esta preocupación no era exclusiva del KAPD. Bordiga también consideraba al partido, no como la suma de “individuos”, sino como un “organismo colectivo unitario”; asimismo, en alusión implícita a los funcionarios acomodaticios, caracterizaba a los comunistas como los que se impondrán las misiones que exijan el máximo de renuncia y sacrificio, cargándose la parte más pesada de la tarea revolucionaria que corresponde al proletariado en el duro trabajo de generación de un nuevo mundo. (Tesis de la fracción abstencionista... – 1920 . Tesis I-13).
Boletín Comunista Nº 22 - Fracción interna de la CCI